KAYAK EN MORROCOY: ÉXTASIS TURQUESA

De no ser por el esfuerzo que hacían nuestros brazos para navegar, pudimos pensar que volábamos sobre un insólito paraíso caribeño. Realmente lo hacíamos.

Bajo ese intenso azul todo luce más joven, rodeado por un verde tropical que sopla para darte la bienvenida y te vigila de cerca junto al mar. Bajé la ventanilla del carro, el viento golpeó mi mano y olía a agua salada.

Es el camino de la felicidad, así le dicen a ese trayecto rodeado de altas palmeras que nos lleva de Boca de Aroa hacia Tucacas, en el estado Falcón. Realmente puedo decir que ese camino me condujo muchas veces, desde niño, a mucha felicidad, con mucha gente querida.

Entramos al Parque Nacional Morrocoy, por la vía que lleva hacia Agua Salobre, el paisaje se nubló y hubo una lluvia corta, pero no fue una mala señal, era un buen presagio, como si el día se limpiara  el rostro con un poco de agua para verse mejor.

Avanzamos por esa carretera que se encuentra en mal estado, pero que te coquetea con picardía cuando te deja ver hacia el mar. Llegamos a la marina La Cuevita, lugar donde nos encontramos con Henry y Mariana, los creadores de EcoKayak Morrocoy. Me acompañaba mi amiga Linda y también conocimos a Rafael, vecino de los anfitriones que iría a navegar con nosotros.

Tenía más de año y medio sin estar allá, me molesta la indolencia y el abuso que reina un lugar como ese. Pero sabía que iba que volver y no a cualquier cosa, tenía que conocer a estas personas que se estaban encargando de gestar un nuevo movimiento para practicar turismo responsable y amable con la naturaleza.

Un café y un rato de conversación, mientras pasaba la lluvia, nos sirvió para tratarnos como quienes se conocen desde hace años, y en cuestión de minutos estaba sobre un kayak naranja entrando al agua cálida y serena de  Morrocoy.

Parece que la calma se apodera de tu existencia cuando comienzas a navegar entre tanta tranquilidad, que solo se quiebra cuando alguna embarcación pasa cerca con el ruido de sus motores. Apenas teníamos pocos minutos sobre el mar y todo se había vuelto un éxtasis, en el que provocaba olvidarse del kayak y saltar a nadar en la transparencia.

La primera meta fue detenernos a ver estrellas de mar, quería tomarles fotos sin sacarlas del mar, para poder explicar que esa es la forma correcta de verlas, de lo contrario las matamos. Una foto no vale más que la permanencia de una especie tan frágil. Fue el primer baño de agua salada del día.

Volvimos a encaramarnos en nuestros kayaks, que debo decir que son cómodos y estables. Parece que en ese momento hubiésemos entrado a un extraño laberinto abierto, lleno de colores absurdos que se fundían entre sí, se hacían más vivos y luego se desvanecían hasta hacerse transparentes, para volver a comenzar un juego que se disparaba desde lo profundo del mar hasta lo alto del cielo. Verde, muy verde, azul, turquesa, más azul, blanco y más turquesa transparente. Libertad y viento.

En medio de esa alucinación arribamos a nuestra segunda parada, un inmenso bajo de arenas tan claras que parecía que caminábamos sobre un espejo. Se abrió ante nuestros ojos esa enorme piscina natural de agua tibia, que no pasaba de nuestras rodillas. Estar ahí era idílico.

Todo se volvió mejor cuando Mariana, como por arte de magia, nos sirvió una limonada fría con esencia de vainilla, unas pequeñas galletas dulces y una copa con frutas frescas. Era el recordatorio perfecto de que estábamos en el Caribe, en medio del trópico. Mariana y Henry compartieron la alegría de estar en ese lugar con orgullo de propietarios que quieren mucho su espacio y por eso lo cuidan.

Luego de este descanso seguimos nuestro rumbo y el escenario cambió. El agua transparente se volvió oscura y densa, la vista amplia se convirtió en angosta. Cuando el sol parecía tostarme las piernas, fue un alivio comenzar a navegar bajo la sombra de los manglares.

Fuimos pasando por túneles formados por la vegetación, que hacían el instante íntimo y memorable. El ruido de las lanchas se hizo más lejano y parecía que el mundo entero había bajado la velocidad.

Un horizonte claro nos anunció que estábamos llegando a playa Herradura, un secreto bien guardado de Morrocoy. Está prohibido que lleguen turistas en embarcaciones con motor, por eso no es conocida por muchas personas y  le permiten a Ecokayak visitarla, porque se trata de una actividad limpia y generosa con el ambiente.

La arena blanca estaba caliente y el sol quemaba, era una playa pequeña y muy bonita, con colores incesantes que invadían las pupilas, el verde de muchas de sus plantas, los azules más oscuros en mar abierto y los tonos claros aguas adentro de una pequeña barrera de coral, que hacía que el espacio prácticamente no tuviese olas.

A pesar de ser un diminuto paraíso desconocido no se salvó de los problemas. Había mucha basura que llegó con las corrientes del mar,  la vegetación estaba bastante golpeada y  muchas palmeras habían muerto por una especie de plaga que las secó, por eso nuestro propósito era hacer una pequeña jornada de limpieza. El proyecto a largo plazo de Ecokayak Morrocoy es ir sacando toda la basura y ayudar en la reforestación de este encuentro de colores marinos, imperdonable que visitemos y hablemos de Morrocoy sin hacer ningún esfuerzo para procurar su conservación.

Antes de comenzar la recolección de desechos, teníamos  que recuperar la energía invertida en la navegación, por eso disfrutamos de un suculento almuerzo preparado por Mariana, que se complementó con unas hallaquitas de maíz que llevó Linda. Comimos supremamente sabroso, Mariana tiene un don para la cocina, me contó que lo aprendió todo por herencia familiar.

Fue un placer devolverle a esa playa una parte de la felicidad que ella nos da, era casi un juego entrar por los recovecos de la vegetación para sacar basura, mientras las olas nos refrescaban los tobillos. El premio fue tomar más limonada fría y conversar a la orilla del mar como si nada importara. Solo recordamos que las horas pasaban y teníamos que regresar.

Los turquesas explosivos ya casi estaban dormidos, imagino que terminan agotados de una jornada tan intensa bajo el sol. Tan agotados como se sentían nuestros brazos con ese trayecto que nos llevaba de nuevo a la marina, el oleaje estaba más agitado y el esfuerzo era mayor.

Nuestros sentidos estaban más alertas que nunca, a esa hora muchas lanchas regresan de los cayos y pasaban una tras otra. Gracias a Dios íbamos escoltados por Henry y Mariana, que iban como flotando en la tarde y nos indican hacia donde orientarse para no preocuparnos por el peligro que podían significar las lanchas.

El atardecer nos premió, el silencio susurró que lo habíamos hecho bien, un baño de agua dulce nos refrescó, una taza de café nos recibió y un infernal aguacero bajó el telón de aquel día luminoso.

Fuente: viajero de naturaleza / Eduardo Monzón

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *